Dos compañeros de trabajo regresaban al tajo, después de un larguísimo puente festivo y uno de ellos le preguntó al otro:
- ¿Cómo pasaste estos días?... ¿En la mar, como tenías pensado?
-
¡Sí! Y no vas a creer lo que me pasó. Iba merendando, cuando vi a unos
peces comiéndose las migas que les echaban unos niños. Así que metí mi
bocata en el agua y un bonito le pegó un mordisco... ¡Lo pesqué! Con
gran esfuerzo, lo saqué del agua y comprobé que pesaba más de ciento
noventa kilos. Me costó mucho, meterlo en el coche. ¿Y, tú, fuiste de
caza, como dijiste?
- ¡Sí, claro! Y tuve unos problemitas muy grandes, te cuento: ~ Nada más llegar veo un gamo, le disparo y le abato... ¡Pum!
- ¿No está, ahora, prohibido cazarlos?
-
¡Sí, sí! Y, por eso, hice un hoyo para enterrarlo, antes de que me
viera nadie, pero vino el guarda forestal, en plan agresivo y chulesco.
- ¿Te habrá puesto una multa bestial, no?
- ¡Pues no, tío, no! Y te voy a decir el porqué: Estaba tan excitado que descargué mi arma sobre él... ¡Lo maté, porque sí!
- ¡Por Dios!... ¡Ahora, te meterán en el trullo, por una buena temporada!
-
Por ahora no, pues lo metí en la fosa, con el gamo. Pero, entonces, vi
venir a la pareja de la Guardia Civil. Antes de que me apresaran, los
maté y ¡al hoyo!
- ¡No me lo puedo creer!... ¡Estás metido en un buen lío!
- ¡Puede que sí!... Pero aún hay más... ¡Espera, espera! Antes de cerrar el hoyo, llegó un autocar lleno de excursionistas...
- ¿¡No me digas que te los cepillaste, también, a todos!?
-
¡Pues no, hombre, no! ¡Claro que no! Pero... ¡O rebajas, ahora mismo,
el peso de tu bonito! ¡O los reviento a todos y cada uno de ellos!