En la pasada época franquista, desde el momento en el que las "autoridades" sospechaban de que alguien pudiera ser "rojo", registraban su domicilio, en busca de pruebas. Un amigo mío, rojo y sindicalista clandestino, se encontró, un día, en esa grave situación. Una pareja de la Guardia Civil estaba revisando su biblioteca, cuando se oyeron unas risas triunfalistas:
- ¡Ya lo tenemos, mi sargento!... ¡Mire, mire!... ¡La República!
- Ese libro de Platón no me sirve... ¡Déjalo en su sitio, analfabestia!
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